niño dibujando

En la práctica profesional como grafóloga a veces debemos trabajar con dibujos que no han surgido espontáneamente del niño, sino que han sido copiados de otro dibujo. A muchos niños les gusta determinado personaje de los dibujos animados  o alguna escena que puedan encontrar en cuentos o cómics y desean reproducirlo copiando el original. En otros casos puede ser que el pequeño crea que copiando está realizando un dibujo “mejor elaborado y más estético” (aunque no sea así) y se sienten más seguros copiando uno que ya está hecho.

En cualquier caso, su espontaneidad y su creatividad se ven reducidas al plasmar formas que han hecho otros, y esos trazos pierden parte de su autenticidad porque no son los suyos propios. Así pues, ¿son esos dibujos válidos para poderlos interpretar? ¿hay algo en ellos que muestre el mundo interior de ese niño?

A la hora de realizar el análisis e interpretación de un dibujo, lo ideal es que éste se haya realizado de forma libre, sobre un folio en blanco y teniendo acceso a diferentes instrumentos, entre los que destacan los lápices, las ceras y los rotuladores de colores. En estas condiciones el dibujo proyecta el mundo interior del pequeño de forma abierta y espontánea.

Pero aun en los casos en los que los dibujos reproducen un modelo, podemos extraer mucha información sobre el temperamento y la personalidad del pequeño, y aproximarnos con bastante fidelidad a su estado emocional. Es cierto que limitará el acceso a la información ya que mostrará algo menos sobre el mundo interior de ese niño que si lo hubiera realizado partiendo de su imaginación, pero sigue habiendo mucho de inconsciente en él. ¿Y por qué es posible?

Estos son los principales motivos por los que un dibujo copiado sigue siendo válido para su estudio:

El niño tiene automatizados una serie de movimientos que le permiten dibujar

Igual que nos pasa cuando aprendemos a andar o a escribir, en los primeros pasos de nuestro aprendizaje debemos hacer un trabajo más consciente sobre cómo movemos los dedos y la mano sobre el papel, nos vamos familiarizando con los diferentes instrumentos y vamos equilibrando la presión que ejercemos al deslizarnos por la hoja.

Con la práctica vamos adquiriendo destreza en los movimientos y nos quedamos con aquellos que nos resultan más eficientes para dibujar. Con el paso de los días, el pequeño va interiorizando esos movimientos y los reproduce una y otra vez cada vez que dibuja, de forma que se puede decir que esa es su manera característica de hacerlo.

Como decía el célebre novelista norteamericano Richard Peck “El primer párrafo es el último disfrazado”, ya que después de los primeros trazos la automatización de movimientos deja paso al inconsciente.

El dibujo no representa lo que el niño ve, sino cómo siente lo que ve

Cuando nos disponemos a copiar algo, la imagen se proyecta en nuestro cerebro y éste la procesa. El resultado de este procesamiento es una representación interna de ese objeto, que está determinada por el tipo de estímulos que la componen, cómo nos sentimos en ese momento o el resultado que esperamos conseguir con esa acción. Al final, lo que el niño va a dibujar no es ni más ni menos que la representación que se ha hecho de aquello que está mirando.

Si te apetece visionar la explicación científica puedes ver este vídeo del programa Redes para la Ciencia.

La copia nunca es exacta al original

Cuando nos disponemos a copiar algo lo que hacemos es imitar una serie de trazos y formas para hacerlo lo más similar posible. Pero a no ser que calquemos un dibujo (y ni así), difícilmente será exacto al original, puesto que cada persona tiene unas características específicas en sus movimientos al dibujar.

Nuestras emociones, nuestros pensamientos o nuestro carácter están influyendo en la forma cómo hacemos el gesto gráfico, y por ese motivo la copia no puede ser igual que el original. Así que las variaciones en el tamaño, la forma y los colores, etc. las está dictando nuestro inconsciente, que opera más allá de cualquier control que queramos ejercer.  Como dijo el filósofo alemán Ludwig Klages, “El acto de imitar es consciente, pero el de modificar es inconsciente y es el que refleja la personalidad”.

De hecho, si usaramos solo la parte consciente, la realización de la copia seria tan costosa que probablemente dejaríamos la tarea, ya que la tensión de los movimientos y el hecho de ceñirnos a unas formas distintas a las nuestras requiere de una atención sostenida y constante, y como se sabe, el cerebro siempre busca la máxima eficiencia con el mínimo esfuerzo.

Así que la próxima vez que tu hijo dibuje, sea o no un dibujo copiado, merece la pena que lo conserves, ya que en él podemos encontrar un montón de información sobre quién es y cómo se siente.

 

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