Empieza de nuevo el curso escolar y con él miles de niños se incorporan de nuevo a las aulas para iniciar o retomar el año académico. Muchos de ellos empezarán el camino del aprendizaje de la escritura. Bajo qué presupuestos o enfoque se haga este aprendizaje marcará un camino gratificante o tortuoso para el niño.

En este artículo vamos a revisar las creencias más extendidas respecto al aprendizaje de la escritura para aportar algo de luz a su proceso de adquisición. Al igual que hicimos con el dibujo, queremos con ello incitar a la reflexión, siempre con ánimo constructivo y mirando por el beneficio de los niños.

Creencias que ponen en peligro un correcta aprendizaje de la escritura

Como hemos comentado, el enfoque de partida que adoptemos hacia esta cuestión va a condicionar la manera en la que llevemos a la práctica la enseñanza de la escritura. Si nuestro enfoque se basa solo en creencias sin un fundamento teórico que las apoye, acabaremos realizando acciones inadecuadas que acabaran perjudicando al pequeño. Por eso siempre es importante informarse y mantenerse actualizado respecto a las diferentes metodologías que se pueden aplicar en este ámbito.

Pasemos pues a revisar estas falsas creencias tan extendidas en nuestro entorno:

Cuanto antes empiecen los niños a escribir, mejor lo harán

En general, se cree que cuanto antes inicie el niño su aprendizaje de la escritura más fácil será que aprenda a escribir. Estamos de acuerdo que la plasticidad cerebral de los niños les permite asimilar un gran volumen de conocimientos y que su desarrollo madurativo está en plena ebullición, pero como sucede en otros aprendizajes, la escritura requiere unas condiciones y una maduración neuromotora y perceptivo-cognitiva específicas, y su aprendizaje es lo suficientemente complejo como para respetar esos tiempos de desarrollo.

Es por esto que cuando os hablé de la edad para iniciar el aprendizaje de la escritura concreté que el inicio idóneo es alrededor de los 6 años. De hacerlo antes, estaremos pidiendo al niño algo para lo que no está realmente preparado, convirtiéndose en un sobreesfuerzo y una fuente de tensión.

Lo importante es conseguir una letra bonita

Todos estamos de acuerdo en que la escritura, para ser un medio de comunicación eficaz debe ser ejecutada de forma que el lector la entienda. Sin embargo, enfocándonos sólo en la forma del mensaje y no en su función como expresión del pensamiento frenamos su correcta evolución. ¿Acaso cada uno no acaba dando una forma personal a las letras?

La escritura más que forma es movimiento, una energía que fluye desde el interior y que es avocada al papel. Si se consiguen dominar esos movimientos (que en realidad son unos pocos), el resultado será una escritura de formas correctas, letras dinámicas que se van personalizando al ritmo del temperamento interior. Por tanto, es el movimiento y no la forma el verdadero objetivo a alcanzar.

Hacer mucha caligrafía mejora la letra

De nada sirve repetir algo para lo que no se ha estado correctamente entrenado. Sería como querer correr una maratón el primer día de entrenamiento. Y como hemos dicho antes, estamos confundiendo el resultado con el objetivo. La letra es movimiento y no hacen falta formas complicadas ni gestos innecesarios para su correcta ejecución, sólo conocer que movimientos hay que ejecutar.

Además, como ya dijimos cuando hablamos sobre los cuadernillos de caligrafía, estos no respetan la evolución del tamaño ni del ritmo natural de la escritura infantil. Suelen reservar a las letras espacios pequeños de partida y proponen como modelo la letra ligada (hiperligada para ser exactos), lo que cansa en exceso la mano y crispa el movimiento, resultando en una letra deformada y estática.

Por tanto, repetir una y otra vez las letras en los cuadernos de caligrafía no mejora la forma sino todo lo contrario. Insistimos en que son los movimientos gráficos el medio para alcanzar una escritura eficaz.

Es inútil aprender a escribir a mano, si la escritura desaparecerá.

Sin duda se escribe a mano menos que antes, pero no creo que desaparezca del todo, o al menos no debería. Recientes investigaciones confirman la necesidad de la escritura como entrenamiento cerebral, ya que se activan más áreas cerebrales, se procesa mejor y más rápido la información y ayuda a consolidar los aprendizajes. Además, potencia la capacidad espacial y la organización temporal, así como la discriminación auditiva y visual y el dominio de la motricidad fina.

Si la escritura desapareciera, sin duda perderíamos oportunidades únicas de desarrollo cognitivo y de capacidad de expresión. En nuestras manos está (nunca mejor dicho) que esto no suceda.

La escritura y el dibujo son cosas diferentes

Nada más lejos de la realidad. Desde que el niño realiza sus primeros garabatos ya se estrena en el acto gráfico. Su lenguaje escrito va evolucionando a medida que sus posibilidades motrices y sus avances perceptivos y cognitivos así lo permiten. El dibujo es parte de la forma de expresión gráfica del niño, su gramática particular. De sus garabatos iniciales surgirán todas las formas básicas de la escritura: rectas, óvalos, bucles, etc. Todos ellos movimientos necesarios para la escritura.

De ahí que sea fundamental propiciar y fomentar (no obstaculizar, diría yo) el dibujo en los niños, ya que es la antesala de la escritura y un modo privilegiado de práctica y desarrollo psicomotor, aunque en la escolarización se diluya su importancia hasta casi la extinción.

Lo mejor para aprender a escribir es usar lápiz y goma

Está claro que sí la forma es lo que nos importa en la ejecución de las letras, el niño necesitará instrumentos que le permitan corregir cualquier desviación del modelo, y qué mejor que un lápiz y una goma. Pero, si como decimos, nos enfocamos en el movimiento, en la fluidez y la progresión de la letra, entonces necesitaremos instrumentos que lo permitan. De ahí que los expertos recomendemos aquellos útiles que se deslizan mejor por el papel, como son los rotuladores, para el inicio del aprendizaje.

Recordemos además los perjuicios que comporta el uso de la goma de borrar, la inseguridad que genera en el niño el tener que modificar su ejercicio hasta lograr unas formas concretas, incrementando la indecisión y la autocrítica hacia sus propios trabajos.

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